Algunos podrían pensar que la humanidad (o una parte importante de
ella) ha tenido un desarrollo continuo e ininterrumpido desde que los
primeros homínidos bajaron de los arboles hasta hoy que ya hemos
pisado la Luna. Desde el hombre de la caverna a nuestros días,
pueden haber pasado pongamos 1.000.000 de años y desde luego no ha
sido “una marcha triunfal” (aunque haya tenido éxito), con
especies desaparecidas y otras surgidas sobre las anteriores. Yo creo
que ha sido un duro camino contra la naturaleza y el medio, un duro
camino en que la enfermedad, el hambre, el frío, el miedo, el azar y
la muerte formaban parte de nuestra cotidianidad. Solo el instinto
de supervivencia, la razón y el lenguaje (dos aspectos que siempre
he considerado que van ligados, ya que sin lenguaje no hay cultura ni
memoria) nos permitieron acumular pequeñas y grandes ventajas sobre
otras especies.
Pues bien, a estas alturas del siglo XXI cuando ya habíamos superado
las dos grandes guerras mundiales parecía que todo iba a ser miel
sobre hojuelas y se abriría un período de avance imparable, surge
la crisis del Coronavirus, crisis
de la que lo menos que se dice es que será difícil salir de ella,
la humanidad pagará un alto coste económico y social y se
necesitaran varios años para ver la luz al final del túnel.
Y es que además nos hemos sentido muy ufanos convencidos de que
hasta ahora lo hemos hecho bien, que las matemáticas, la física, la
tecnología y la biología, tienen remedio para todo y nos ha llevado
a metas insuperables. Se acabaron las guerras mundiales y los
escarceos de violencias que vemos por todos lados, son meros fuegos
de artificio. Occidente y el capitalismo moderno hablan de los bien
que se ha vivido en las últimas décadas, como nunca antes en la
historia, se refieren al mundo occidental y se callan la destrucción
y el despilfarro al que han sometido a otros pueblos y territorios, y
que tienen difícil justificación. Al gran desarrollo científico y
técnico no hemos tenido tiempo de adaptarnos, ni se ha querido que
así fuera, hemos ido perdiendo valores humanos y sociales, pues
tienen claro que algunos podrían vivir muy bien a costa de los
demás.
Desde hace años personalidades de las letras y las ciencias nos
avisan de los disparates a los que estamos sometiendo al Planeta,
llamando a un cambio de rumbo en la marcha de la Tierra que se
precipita al abismo con la destrucción del medio ambiente, el cambio
climático, la crisis hídrica, la escasez de recursos naturales,
etc. y si no se cambia nuestra mentalidad egoísta y rapaz,
difícilmente podríamos afrontar el futuro de nuestro planeta Tierra
con solvencia.
Estoy seguro que la crisis del Coronavirus se resolverá y
espero que sea más pronto que tarde, aunque sus consecuencias no
estén del todo claras. No obstante, debemos ser conscientes de que
antes o después (como ha ocurrido siempre) habrá tragedias y
catástrofes que pondrán a prueba la propia existencia de la
humanidad: impactos de cometas o asteroides, megaterremotos,
megaerupciones, etc. Si la gobernanza mundial avanza posotivamente,
podríamos pensar que estaríamos mejor pertrechados para superar las
pruebas futuras con la ayuda de los avances científico-técnicos a
los que ya se han aludido. Esta sería la gran enseñanza a que nos
ha abocado la crisis del Covid-19, pero que quieren que les
diga, miro a un lado y a otro, dentro y fuera de nuestro país y no
veo los líderes capaces de tomar el toro por los cuernos y dar un
poco de esperanza, pues no se vive del halago sobre su entereza sino
que acabara por cansarse, y España no es una excepción. Cuando
pienso en que el más listo de los políticos de derechas del país
(lo del más listo lo digo en serio) nos explicó la tragedia del
Prestige con hilillos de plastilina, y negó el cambio climático
porque un primo sevillano se lo dijo, se me ponen los pelos de punta,
y a eso sumamos que los nuevos dirigentes siguen los dictados del que
parecía desaparecido “pequeño hombrecillo gris” sin que el
menor rastro de rubor asome en sus juveniles rostros.
Si miro fuera, cayó el muro de Berlín y el bloque Soviético, y
hemos cambiado de Gorbachov a Putin, en E.E.U.U. saludamos con
ilusión la llegada a la Casa Blanca del primer hombre de color, hoy
nos gobierna Trump (y puede que repita). Erdogan y Turquía parecía
que podían formar parte de la Europa futura pero parece más
pirómano que bombero, pasando por primaveras árabes, presencia de
extrema derecha en Europa y comportamientos antidemocráticos en
países europeos no todos procedentes del mundo soviético, etc.
Comprenderán que yo como Neruda “puedo escribir los versos más
tristes esta noche”, pero no se preocupen no lo haré, pues me veo
en la obligación de pedir a todos los hombres y mujeres de buena
voluntad cambiar las bases del sistema, y luchar y profundizar hacia
otro mas justo y solidario.
A punto de terminar el escrito, debo reconocer que me ha salido muy
pesimista. Les cuento una anécdota, el otro día junto a un familiar
y mientras veíamos la tele le dije, que esa boquita de Trump pequeña
y redonda me parecía un “culo de gallina”, sorprendido me miró
y tuve que dar alguna explicación. En la posguerra el acceso a
balones o pelotas de goma para jugar al fútbol no estaba tan
democratizado como ahora, por lo que los niños menos pudientes
hacían pelotas de trapo con calcetines y medias viejas una costura
fundamental para dar cierta redondez a las mismas era el culo de gallina;
hable de que no solo tenía sentido peyorativo sino que los
lactantes cuando ponían los labios en redondo para degustar alguna
golosina se les decía lo mismo. No sé si lo convencí y como ya no
es tan fácil en esta España del confinamiento ver alguna gallina
suelta por el campo, les emplazo a que la próxima gallina que vean a
punto de descargar su cloaca (ademas de otras funciones) se fijen en
su funcionamiento y observen, que entre la cloaca del ave y la boca
del presidente hay muchísimas similitudes.